LA DANZA MORISCA
Durante el nombramiento en 2002 de los cronistas de Blanca, el Sr. Angel Ríos Martínez y el que subscribe, pusimos en la pared unos 9 cuadros de bailarines moriscos, en honor a los antepasados árabes de Blanca que se fueron de tiempo en tiempo a Murcia para alegrar, con sus bailes durante cualquier tipo de fiestas, la vida de los murcianos.  Los blanqueños eran (y siguen siendo) buenos bailarines y por este motivo en el siglo XV el ayuntamiento de Murcia invitaba a los muselmanes blanqueños a venir a Murcia para demostrar su talento y sobretodo alegrar sus fiestas.   

Después del acto de nombramiento de cronistas, se produjo un comentario de un cronista invitado, cuyo nombre no viene al caso, criticando los cuadros  porque eran figuras alemanes que no tenían nada que ver con los moriscos españoles;  y según este cronista eran más bien figuras germanizadas. 

Pensando que tal vez el comentario pudiera ser acertado, solicité a la persona más datos y le pregunté si tal vez él poseía o conocía ilustraciones mejores. Así me lo confirmó y me prometió enviarme sus ilustraciones que según él eran superiores. Efectivamente, a los pocos días, recibó algunas ilustraciones, pero mi desilusión fue grande al constatar que solamente se trataba de dos ilustraciones. una que ya tenía y otra que felizmente pude añadir a mi colección de moriscos y cuyas fotos se pueden ver en:
www.blancaweb.com  pinchando sobre "imágenes de moriscos".

Sea lo que fuere y cada uno puede opinar lo que quiere, pienso que es mejor tener estas figuras, aunque sean de alemanes, que no tener nada. Ahora por lo menos nos podremos imaginar con más certeza cómo eran más o menos los antepasados de Blanca que ganaba de vez en cuando un dinero extra con sus danzas en Murcia. Pienso además que no tomamos el camino incorrecto al tener muy en cuenta estas figuras, que muestra el texto que encontré recientemente en Madrid (En:  Ilustración artística, numero 183, páginas 206-208) y lo que sigue a continuación. El texto es de finales del siglo XIX, entre los años 1880 - 1890:
Uno de los sitios más pintorescos del Munich de la Edad Media es el Marienplatz, situado en el barrio más activo de esa artística y no muy bulliciosa capital de Baviera. En su centro elévase la columna dedicado a la Virgen, patrona de la ciudad, sólido pilar de mármol rojo, erigido en el siglo XVII por Maximiliano I, enemigo de Wallenstein, en recuerdo de la victoria obtenida en la Montaña Blanca sobre sus enemigos, los protestantes. En un ángulo del Platz hay un característico edificio gótico, de tejado cónico, delgados pináculos, y con una sólida torre cuadrada: esta es la antigua Casa Ayuntamiento, en cuya vasta cámara de sesiones, conocida con el nombre de sala de baile, se hallan las figuras esculpidas en madera que sirven de asunto a nuestro artículo. En esa magnífica cámara, construida y decorada con todo el lujo de la Edad Media, celebrábanse los festivales organizados por la ciudad, y no hay recuerdo de ninguna otra que se le pudiera comparar, en su género, por su elegante y majestuoso conjunto. Su techo cónico, admirablemente decorado, es ya de por sí  una preciosidad; sus paredes ostentaban riquísimos frescos; y en su parte superior corríase un friso esculpido que representaba escudo, en los cuales se habian pintado los puntos más culminates de algunas ciudades del imperio. Entre cada doce escudos veíase  un nicho, y en estos nichos estaban las figuras de que vamos a tratar, a las cuales se representa bailando una especie de rigodon, según se supone. En la éoca en que se esculpieron, púsose por título a toda la serie Maurscha tanntz (probablemente aleman antiguo, que quiere decir danza morisca), siendo el nombre del escultor Erasmo Schnitzer. Ahora bien, como este apellido significa escultor, podemos suponer que, según costumbre de la Edad media, se quiso expresar con él la profesión; de modo que de lo único que estamos seguros es del nombre de pila. Lo que también sabemos de cierto es que las figuras se hicieron en 1480, y que el hábil artista las esculpió por la mísera suma, a nuestro modo de ver, representada por ciento cincuenta libras de peniques (unas trescientas pesetas). Estos son los únicos hechos que han puesto en claro las mas detenidas investigaciones. Cuando Luis I de Baviera ocupó el trono, ese Mecenas entre los modernos príncipes, la sala de baile del antiguo Rathaus se hallaba en estado ruinoso; su precioso techo se habia cuarteado, y hasta la misma existencia de las figuras esculpidas habíase echado en olvido. El escultor Schwanthaler fué quien las desenterró por una feliz casualidad, hizo que las limpiasen, y obtuovo el real permiso para modelarlas, pidiendo en cambio de sus servicios que se le cedieran dos, las cuales obtuvo sin dificultad. No se sabe ahora dónde han ido a parar las figuras que Schwanthaler tomó; y es dificil comprender cómo su verdadero artista fue capaz de truncar asi una preciosa colección completa, solo por su gusto, porque esto es casi un acto de vandalismo. Si las esculturas están en poder de los herederos de Schwanthaler, estos deberían, cuando ménos, depositar una reproducción en la Casa Ayuntamiento. Tampoco se sabe en que órden estaban colocadas las figuras en un principio, y por lo tanto hablaré de ellas indistintamente.

Ante todo se ha de tener en cuenta que las figuras están esculpidas en madera, este material inerte y algo tenaz que no se presta naturalmente a la escultura, pero con el que los antiguos maestros alemanes alcanzaron, no obstante, muchos triunfos, como lo prueban, por ejemplo, los tableros del coro de Ulm. Despues de esculpidas las figuras en madera se cubieron con una capa de blanco a fin de trabajarlas de nuevo con el cincel, método que a menudo se empleó para las piezas de adorno de los altares en los siglos XIV y XV. Sin embargo, con la superficie mas tersa obtenida de este modo, perdían algo de su vigor las primeras marcas del cincel.

Estas son las primeras impresiones que nos produjo un ligero exámen; y es posible que después de una rápida ojeada el observador se incline a pronunciar la palabra grotesco, pero muy pronto espirará en sus labios si fija cuidadosamente la atención, pues lo que a primera vista puede parecer grotesco es tan solo un resultado del excesivo deleite del artista al observar lo perfecto de su obra, el cual le condujo a extravagancias de fantasia y moviemiento, que, por otra parte, se adaptan tan admirablemente al asunto representado, que parecen del todo propias del conjunto. Es poco menos que maravilloso como en aquellos tiempos de la fotografía pre-instantánea se había correponder la acción del ropaje a la del cuerpo con la más absoluta fidelidad, cosa rara hasta en los más célebres maestros. El escultor de esas figuras debía tener un golpe de vista tan certero como rápido; seguramente estudió bien el ropaje en acción, y no sólo consiguió imprimirlo en su mente, sino también reproducirle a su voluntad; y adviértase que esta adaptación del ropaje al movimiento es una de las principales bellezas de la obra, que como conjunto contribuyó maravillosamente a representar el movimiento en el arte, tarea siempre tan difícil y enojosa. Todos cuantos hayan estado en Roma habrán podido observar con sentimiento a que extravagancias condujeron a Bernini sus tentativas para imitar con perfección el movimiento: en su estatua parece haber querido representar el personaje agitado por el viento, y sin embargo, los ojos no tienen la satisfacción de ver la ondulación correcta de ropaje. Nuestro escultor, al representar en sus figuras  el movimiento mesurado o jugueton de su extraña danza, encontró un término medio admirable. Aquí se ve la acción y la pausa; y todo es natural en las imágenes. ¿Qué perfectamente indica un movimiento el que le ha de seguir! Admira tambien la particularidad de que la ondulación del ropaje se armoniza en toda la figura, y especialmente la circunstancia de que así detrás como delante, la posición de aquel corresponde con fiel exactitud al mementum de la acción del miembro. De aquí la naturalidad impresa en esas figuras, merced a la cual, como sucede con todas las obras del genio, no son de ningún tiempo ni período determinado, sino que pueden pertenecer lo mismo a nuestros dias que a las demas épocas. Vístanse con tales trajes algunos individuos de nuestro siglo; que ejecuten los mismos movimientos, y se observará una completa semejanza. Pedro Visscher y Adam Krufft, con toda su excelencia, no hicieron nunca otro tanto, ni llegaron a esa altura; fueron siempre de su época, y sus producciones no pasaron de ser las que de ella se podían esperar. Debe advertirse también que esas figuras están honesta y artísticamente acabadas en todo su contorno, aunque sólo se ven de frente cuando se hallan en su sitio. Cuanto más se estudian, mejor se observa la perfección y propiedad de las líneas, y cómo ocupan todas con la mayor exactitud el lugar que deben. Y sin embargo, aunque se hayan buscado así el naturalismo y la verdad, el conjunto no es menos agradable a la vista; el ropaje presenta curvas y líneas sólo donde son necesarias, y únicamente se han introducido en él algunos accesorios para contriubir al mejor efecto.

Comencemos nuestra descripción por el muchado negro (fig. 4) que debió agregarse a la compañía europea. Como ya sabemos, el negro era la figura favorita de los artistas de la Edad media. Su nariz achatada, sus labios gruesos, su tipo africano, en fin, se indica perfectamente en todo: véase cómo una sonrisa entreabre su carnosa boca; baila con viveza, y parece deleitarse en la cadencia rítmica; pero a la vez que se mueve, siguiendo el compás, su mirada está fija en alguno, probablemente el director, que hace las señales. En todas las figuras se nota la misma atención en la mirada. Las campanillas que ostenta en la pierna son un adorno que todos sus compañeros llevan en alguna parte del traje, y sus sonidos debian contribuir a realzar más la danza. En alto grado cómico es ese negro con su traje de la Edad media, que tan mal se aviene con su rostro y su cabello. ¡Qué cuidadosamente está esculpido; con qué fidelidad se indica cada detalle; qué perfectamente modeladas están sus manos! Estas últimas son muy dignas de estudio, y por lo exquisito del trabajo corren parejas con el ropaje; no sólo son hermosas, sino también características, pues indican la condición del individuo. ¡Qué maravillosamente se representa en este muchacho el espíritu del salvaje, y qué naturalidad se observa en sus movimientos y actitud!
www.blancaweb.org  - pinchar sobre "imágenes de moriscos" - fotografia 4



No ménos fielmente entegado a la excitación del  momento, se nos representa el joven de la fig. 8, en el que el artista ha puesto con feliz audacia, una compacta trenza de cabello; su ropaje ondula en el loco ímpetu de sus movimientos, sin que en estos se note la menor violencia, como en las figuras de algunos de los demás personajes. Obsérvese la perfección de sus ropas; su capilla flotante parece algo más abultado de lo que resultaría  con el verdadero material, y reconócese que está ahuecada por dentro, pues sobresale visiblemente, lo cual comunica más ligereza al efecto del conjunto; nótese también lo atrevido de la actitud de la figura, adelantando la pierna; en su brazo y en el cuerpo ostenta las capanillas, y alrededor de la pierna se ve atada como una cinta, tal vez algun recuerdo de su dama.




¡Qué diferencia hay en la actitud y expresión del hombre de edad más avanzada (fig. 9), que se esfuerza para seguir el compás! En su afan de hacerlo bien obsérvase como oprime los labios; y esto es otra prueba de que toda la danza no se reduce a un baile desordenado, sino que tiene un objeto verdaderamente artístico. El rostro de este hombre es familiar en los frescos del gran Florentino; sus facciones son propias de un indiviudo de la época, como lo es también su traje; lleva el calzado puntiagudo de aquel tiempo y hombreras, efecto que el artista ha buscado con rara habilidad, pues se ve muy bien el sitio en que aquellas terminan, permitiendo que vuelvan a flotar las mangas.




Una compañía de baile de la Edad media que llevaba un negro no hubiera sido completa sin tener también un jorobado o un enano, pues nuestros antecesores de aquella época combinaban con el amor  a la belleza física un gusto singular por las deformidades naturales. Aquí tenemos, pues, a nuestro jorobado (fig. 2); su giba no se marca mucho, pero existe, aunque se disimula en parte por la posición que el paso de la danza requiere. Su chaqueta puntiaguda, adornada con borlas, y su sombrero cónico de payaso, indican el lugar que ocupa en la compañía; este sombrero está sujeto debajo de la barba con un pañuelo que se anuda por detrás, evidentemente para que no caiga por el rápido movimiento del baile. La expresión del rostro es inteligente, e indica que el bufon conoce bien el papel que desempeña, al paso que su mirada penetrante, como suele serlo  la de los jorobados, revela cierto cinismo.








Donde todo es excelente se no resiste especializar; pero en cuanto a expresión, esta figura es tal vez la más notable de todas. Aquí tenemos otro hombre de edad (fig. 6), el cual se distingue desde luego por el extraño odorno de su cabeza, que remata imitando la de una serpiente, y que también está atado para mantenerle sujeto durante la agitación de la danza. Obsérvese este toque maestro. Curiosas son sus prolongadas mangas flotantes, que se arrollan o anudan por el impulso de los movimientos; tiene las mejillas hundidas; los labios sumidos por la edad, y sin embargo, trata de sonreir y parecer alegre, cual conviene a su actitud, pero si se examina mas de cerca, nótase que esa sonrisa es forzada, como la que se observa demasiado a menudo en el semblante de los comparsas del teatro y otros: también lleva campanillas en la pierna.








Gallardo es el aspecto del hombre de la fig. 5, que baila con más gravedad, marcando los pasos; su sencillo bonete está anudado también con una cinta debajo de la barba; lleva el traje ceñido, sólo con una pequeña parte suelta para recoger el aire, y esta es la que se ha arrollado, como lo indica la pieza que desde el hombro va a enroscarse en la muñeca, y el faldon de la túnica que pasa entre las piernas. Como se verá desde luego, estas figuras serían sólo por el traje un interesante estudio, si no tuviesen otra cosa que admirar.











Traje ceñido lleva también el hombre de la figura 10, cuya cabeza cubre una especie de turbante, y que calza botas completamente gastadas por el uso, pues la del pié izquierdo deja ver los dedos. La mirada de este hombre es atrevida e impertinente, y aunque marca sus pasos como los demás, no parece hacerlo con la agilidad salvaje de sus compañeros; sus labios se enteabren por una sonrisa burlona, a la cual comunica más expresión la nariz aplanada y ancha en la punta.     









En la figura 3, que tiene la cabeza cubierta con una especie de chacó, obsérvase una actitud muy distinta de la de las otras figuras: este  hombre baila con timidez y prudencia, como lo indica bien su mirada; y seguramente no necesita sujetar su sombrero, porque sus movimientos no son demasiado enérgicos; sus manos extendidas parecen animadas, y sus dedos levantados marcan sin duda el compás. La expresión de esta figura es a la vez digna e inteligente, y la mirada de sus ojos grave; pero con su faja arrollada y el singular adorno de su cabeza, representa un verdadero clown; su edad no le permite hacer con el cuerpo tantas contorsiones como sus compañeros  mas jóvenes, pero compensa esto con la acción de sus manos y brazos, tan burlesca como enérgica. ¿Qué podría  haber en esta figura más cómico por su efecto, ni mejor ejecutado que su mano extendida, mostrando la palma?









En cuento al hombre que nos representa la figura 1, es un verdadero payaso, y admírase el vigor y espíritu con que baila, deleitándose al parecer en sus saltos y cabriolas; su semblante está animado por una sonrisa; y diríase que sus manos baten el aire que llena sus anchas mangas, inflándolas como si fueran globos: indudablemente era el bufon de aquella singular compañía. ¿Qué hubiéramos visto en las figuras 11 y 12 si no hubiesen faltado? Casí podemos inferir que eran las mejores de todas.


El antiguo palacio del Ayuntamiento de Munich es objeto ahora de una cuidadosa restauración; el techo cónico se ha vuelto a descubrir, y con él los nichos y escudos; de modo que las figuras volverán a ocupar su antiguo sitio; y hasta es posible que se vuelvan a pintar como antes, porque el restaurador cree haber obtenido el primitivo color. De esperar es igualmente que cuando todo se haya completado, se saquen de su escondite las dos figuras  que faltan, para reunirlas con sus compañeras. De todos modos, Munich puede enorgullecerse de poseer un tesoro artístico legado por el siglo XV, y que se debería conocer mejor. Para los amantes del arte, para los escultores y grabadores no puede haber estudio más instructivo e interesante que el que ofrecen esas figuras representando la danza morisca.

Y así termina este interesante artículo sobre la danza morisca donde no  trataron a la figura 7. Según la información que tenemos hoy en día hubo 16 figuras, de las cuales existen aún 10 en el museo de la ciudad de München (Müncher Stadtmuseum). Originalmente la danza morisca era un baile moro con muchos cabriolas y saltos raros al aire. Tambien sabemos ahora que el escultor era Erasmus Grasser.












Otra de las figuras que hallamos hoy en München, y no hace unos 100 años, es la figura de la dama. Puede ser que los mismos alemanes han añadido esta figura y pienso que conviene no tener en cuenta esta figura en la serie de figuras moriscas
por motivos históricos.


























Copyright 2004 Govert Westerveld - Cronista de Blanca










POPULAR EN BLANCA EN EL SIGLO XV
En Alemania la danza morisca es una gran atracción para Turistas. ¿Porqué no en Blanca?
Figura 7, sastre (Scheider)
La Dama